Violencia contra la Mujer: Desde la Infancia a la Adolescencia

Por: María Aguja Maulhardt

En Guatemala, al igual que en el mundo, los niños y los adolescentes siguen siendo tratados desde una perspectiva en donde la opinión del adulto prevalece por encima del criterio de la niñez y adolescencia. Esta circunstancia contribuye a que las problemáticas que se relacionan con ellos no sean vistas como tales, sino como una dinámica social establecida y que sean ellos quienes siempre deban guardar silencio. La superestructura ideológica que establece el imaginario social del país permite gestar y desarrollar diferentes tipos de violencia en la cotidianidad de los guatemaltecos. Dicha circunstancia impacta en toda la sociedad, especialmente en las mujeres, quienes una vez fueron niñas y adolescentes y ahora son madres, tías, abuelas, vecinas, y  quienes en su gran mayoría han sido insultadas, acosadas, violadas, golpeadas, asesinadas y/o expuestas a la desnutrición, negadas a la educación formal, y obligadas a ser amas de casa, lo cual describe el rol típico de las mujeres que viven sometidas al pensamiento patriarcal.

No siempre es fácil identificar la violencia contra las mujeres. Al respecto el psicólogo Arturo Torres indica en el sitio web Psicología y Mente, que la violencia está normalizada y con frecuencia las personas la pasan por alto y no la cuestionan por la idea de que “así debe ser”. La violencia, agrega Torres: “es la utilización de la fuerza física o del poder contra uno mismo o contra otros, de modo que este acto cause daños físicos, psicológicos o privaciones. Dentro de ese abuso de poder conductual o físico, se encuentra la violencia auto infligida, colectiva, física, verbal, sexual, económica, religiosa, cultural, la negligencia y el ciberbullying”. Todo ese conglomerado de violencia, está presente en el contexto guatemalteco, y surge incluso desde que una mujer está embarazada, afectando a la madre y al bebé, limitando su calidad de vida desde sus primeros días y restringiendo a la niñez de un buen desarrollo.

Aunque el mundo adulto-centrista es la norma, en la actualidad los niños y adolescentes han ido cobrando protagonismo, haciendo valer sus derechos a través de mecanismos legales. En 1990, Guatemala ratificó la Convención de los Derechos del Niño -CDN-, el cual contiene un elemento importante que brinda a la niñez y adolescencia la garantía de velar por lo que más le convenga a su bienestar; es decir velar por su interés primordial. Dicha categoría es conocida como “Observación número 11 sobre la CDN”. Sin embargo los avances son lentos, y el nivel de abuso hacia las niñas, especialmente dentro de las comunidades, sigue siendo brutal. El Estado ha institucionalizado -a través de su silencio- los abusos en contra de la dignidad de las niñas y adolescentes del país; por ejemplo se presentan cifras alarmantes de embarazo lo cual violenta sus derechos como menores.

A la fecha, muchas niñas y adolescentes son explotadas, ofreciéndoles mínimas cantidades de dinero por su trabajo, raptándolas o engañándolas para prostituirlas o para robar sus órganos. No es casualidad que la situación esté agravándose; el Estado es responsable de leyes, políticas y programas que luchen contra la violencia, pero no ha hecho suficientes esfuerzos por conseguirlo, por lo que se trata también de un problema estructural. Es necesario que el enfoque de los adultos cambie para que las dinámicas también cambien, y a su vez es importante educar a las niñas y adolescentes sobre las limitantes patriarcales que retribuyen toda la violencia a la normalización de patrones que han existido por muchos años. Las niñas y adolescentes deben crecer felices, deben poder tomar sus propias decisiones y contribuir con el desarrollo del país. Como mujeres adultas, es necesario que nos formemos para romper esquemas y para educar a las generaciones presentes, así como a las generaciones futuras para formar personas, (hombres y mujeres) que reconozcan a la violencia como un verdadero problema que debe erradicarse por el bienestar mental, emocional y físico de la sociedad.