Las heridas silenciadas de la juventud guatemalteca

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Por Juanita Rojas – Historiadora, trabaja en proyectos de educación y transformación cultural con jóvenes y mujeres en el altiplano occidental – Noviembre 2015

Hace algunos días visité una comunidad a una hora y media de Quetzaltenango. Fuimos en carro con mi equipo de trabajo por un camino de difícil acceso, solitario e inseguro. Mientras una de mis compañeras facilitaba el taller pedí a un chico del grupo con el que trabajamos acompañarme a una catarata cercana que había escuchado era hermosa. Mientras caminábamos entre el café, el chico me iba contando de su comunidad. Me impactó conocer la magnitud de la violencia ahí. En varias comunidades cercanas se pelean el control del territorio la Mara Salvatrucha y la Mara 18. Ambas Maras compuestas por niños y jóvenes en su mayoría. Esta situación, según mi guía, ha exacerbado la violencia e inseguridad en un lugar donde, por ejemplo, se han encontrado cuerpos de niños descuartizados y ahora es común ver peleas con machete y armas entre los jóvenes. Ese mismo día nos informaron de la violación de una de las niñas con las que trabajamos. ¿Conocemos la realidad que viven los niños/as y adolescentes guatemaltecos?

Ese mismo día nos informaron de la violación de una de las niñas con las que trabajamos. ¿Conocemos la realidad que viven los niños/as y adolescentes guatemaltecos?

La desnutrición, el trabajo infantil y los altos índices de agresiones son las problemáticas más comunes que afrontan la niñez y juventud guatemaltecas. Según UNICEF, en 2014, se reportaron 21 casos diarios de diferentes formas de agresión o violencia sexual y 19 de maltrato físico. En el mismo año el Ministerio Público registró 1,371 casos de agresión sexual contra menores de edad, es decir que en promedio 114 casos fueron reportados cada mes. El Ministerio de Salud Pública y Asistencia Social (MSPAS) registró que 99 niñas y adolescentes murieron sólo en la primera mitad del 2014 por violencia sexual, esto quiere decir que aproximadamente 200 niñas mueren en Guatemala anualmente por este delito. Esto sin contar los datos que no se registran que son bastante altos.

La situación de las niñas y adolescentes mujeres tiene otros agravantes. Según datos del MSPAS el 30% de las niñas guatemaltecas tendrán su “primera vez” con un pariente cercano, padre, padrastro, hermano, tío, primo. Además Guatemala ha normalizado los matrimonios y embarazos a temprana edad, ambos fenómenos en aumento. La Secretaría de Seguridad Alimentaria y Nutrición (SESAN) registró más de 27 mil menores de edad embarazadas en el primer semestre del 2014, el 50% de ellas sufrían desnutrición crónica. Por su parte según el Registro Nacional de Personas (RENAP) entre el 2009 y el 2013 se llevaron a cabo 13,794 matrimonios de guatemaltecos entre 14 y 18 años. A pesar de existir iniciativas de reforma política desde la sociedad civil para prohibir el matrimonio infantil, como la del Código Civil, estas no encuentran aprobación en el Congreso.

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El papel del Estado es fundamental en la protección de los derechos de los niños, niñas y jóvenes, pero los datos nos dicen claramente que lo que se está haciendo no es suficiente. Según UNICEF el gobierno de Guatemala sólo invierte 5.22 quetzales (68 centavos de un dólar) diarios en cada menor para cubrir todos sus necesidades: salud, educación, vivienda, seguridad, etc. Así mismo, las políticas integrales para enfrentar no sólo de la violencia directa sino también la cultural y la estructural, son inexistentes.

La lluvia nos impide llegar a la catarata. Consternada por las historias de mi guía me pregunto cómo será el alma colectiva de una sociedad así de violenta que parece haber normalizado la herida silenciada que crece entre su juventud. De regreso, pienso en los esfuerzos importantísimos de la sociedad civil para transformar este silencio a través de programas de apoyo a víctimas, fortalecimiento de rutas de atención y denuncia, etc. Pero sin un compromiso claro e integral del Estado es difícil mantener procesos de cambio social. Sin embargo, inspirada por la belleza del lugar y su gente, siento la extraña paradoja con la que aquí, pegadita a la violencia, la poesía más bella también florece.