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De Ormuz a Guatemala: cuando el costo del combustible amenaza el turismo local

De Ormuz a Guatemala: cuando el costo del combustible amenaza el turismo local

Por Fredy Pastor

Desde abril, miles de guatemaltecos han resentido el aumento en el costo de los combustibles. Aunque los reportes económicos señalaban incrementos cercanos al 27 % en el precio del diésel, en distintas regiones del país el costo del transporte urbano y extraurbano se elevó mucho más allá de esa proporción, afectando directamente la movilidad cotidiana de la población.

Representantes del sector de transporte de pasajeros justificaron los aumentos argumentando la volatilidad de los precios internacionales del combustible. Sin embargo, más allá del debate sobre la legalidad o proporcionalidad de las tarifas, que sigue sin resolver, existe una consecuencia menos visible: el impacto que estos incrementos tienen sobre el turismo local y la vida comunitaria.

Cuando alimentarse se vuelve más costoso, las actividades recreativas, culturales o turísticas suelen pasar a un segundo plano. Las familias priorizan gastos indispensables y reducen aquellos vinculados al ocio, el descanso o los viajes.

Del estrecho de Ormuz a la economía familiar

En marzo, Irán anunció el cierre del estrecho de Ormuz, una de las rutas marítimas más importantes para el comercio mundial de petróleo. Por este corredor estratégico circula aproximadamente una quinta parte del crudo que se comercializa en el mundo.

La sola posibilidad de interrupciones en el suministro fue suficiente para generar incertidumbre en los mercados internacionales y elevar el precio del petróleo. Como ocurre con frecuencia en una economía globalizada, las repercusiones llegaron rápidamente a países importadores como Guatemala.

Aunque el estrecho de Ormuz se encuentra a miles de kilómetros de distancia, las consecuencias terminan reflejándose en el precio del combustible, el transporte, los alimentos y otros bienes esenciales.

Cuando alimentarse se vuelve más costoso, las actividades recreativas, culturales o turísticas suelen pasar a un segundo plano. Las familias priorizan gastos indispensables y reducen aquellos vinculados al ocio, el descanso o los viajes.

Es allí donde el turismo comienza a resentir los efectos de una crisis que, en apariencia, le resulta ajena.

La movilidad: un elemento clave para el turismo

Con frecuencia se asume que el atractivo turístico de una localidad depende exclusivamente de sus paisajes, su patrimonio cultural o sus tradiciones. Sin embargo, existe un factor igual de importante: la accesibilidad.

La posibilidad de llegar a un destino y desplazarse dentro de él determina, en gran medida, su capacidad para recibir visitantes.

La accesibilidad no se limita a la existencia de carreteras o servicios de transporte. También implica tarifas razonables, horarios funcionales, seguridad y previsibilidad para quienes desean viajar.

Un destino turístico puede poseer una extraordinaria riqueza natural o cultural, pero si llegar a él resulta excesivamente caro o incierto, pierde competitividad frente a otras opciones.

Quienes desean visitar destinos comunitarios como el Sendero Ecológico Caballo Blanco en Totonicapán, el Santuario de Aves en San Lucas Tolimán o el Paso del Lobo en Sibinal, San Marcos, dependen inevitablemente de algún medio de transporte.

Cuando los costos de movilización aumentan, no solo disminuye la cantidad de visitantes potenciales. También se genera incertidumbre, uno de los principales enemigos de la planificación turística.

Comunidades vivas, destinos vivos

El turismo no se alimenta únicamente de paisajes o monumentos. También depende de la vitalidad social y cultural de los territorios.

Una feria artesanal, una presentación artística, una celebración comunitaria o una actividad cultural requieren participación para mantenerse vigentes. Si los habitantes de una comunidad encuentran dificultades para desplazarse, asistir a eventos o relacionarse con poblaciones vecinas debido al costo del transporte, la dinámica cultural local comienza a debilitarse.

Y cuando una comunidad pierde espacios de encuentro, pierde también parte de aquello que la hace auténtica.

La experiencia turística no surge únicamente de los recursos naturales o de la infraestructura. Surge de la vida cotidiana de las personas, de sus expresiones culturales, de sus mercados, festividades y formas de convivencia.

Por ello, fortalecer el turismo implica también garantizar condiciones de movilidad que permitan a las comunidades mantenerse conectadas.

Más allá de la promoción turística

En los últimos años, el Instituto Guatemalteco de Turismo (INGUAT) ha impulsado importantes esfuerzos de promoción nacional e internacional. Sin embargo, la promoción por sí sola no basta.

La competitividad turística depende también de políticas públicas que faciliten el acceso a los destinos y reduzcan las barreras para viajar dentro del país.

Las alianzas entre instituciones públicas, gobiernos locales y sector transporte podrían contribuir a generar condiciones más favorables para la movilidad de turistas y residentes.

Después de todo, un destino turístico no se fortalece únicamente atrayendo visitantes; se fortalece cuando quienes viven en él pueden desplazarse, participar y desarrollarse en condiciones dignas.

La incertidumbre como freno

Las tensiones geopolíticas entre Estados Unidos, Israel e Irán han evidenciado la fragilidad de las economías dependientes frente a acontecimientos que ocurren a miles de kilómetros de distancia.

Las decisiones más agresivas e imprudentes tomadas por los países hegemónicos tienen repercusiones directas sobre países como Guatemala, donde los aumentos en los costos de transporte afectan tanto a las familias como a los sectores productivos.

El turismo local es particularmente vulnerable a esta incertidumbre porque depende de la capacidad de las personas para moverse, encontrarse y disfrutar de los territorios.

Por ello, hablar del impacto del combustible no es únicamente hablar de economía o transporte. También es hablar del derecho a la movilidad, del acceso a la cultura, de la cohesión comunitaria y de las posibilidades de construir un turismo más inclusivo.

Porque cuando viajar se vuelve inaccesible, no solo se limita el movimiento de las personas. También se reducen las oportunidades de encuentro, aprendizaje y desarrollo que el turismo puede generar en las comunidades.