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14 Horas en la emergencia del San Juan

14 Horas en la emergencia del San Juan

POR JOSÉ RUBÉN ZAMORA

A continuación, un relato vivido el lunes 30 de diciembre de 2025, el experimentado y eficaz médico de Mariscal Zavala y Matamoros tuvo la deferencia de pasar a visitarme y preguntar por mi salud.

A grandes rasgos le describí la evolución de mis achaques y cómo he aprendido a coexistir con ellos en una especie de “nueva normalidad”, pues considero que son condiciones inherentes al resto de mi vida y no queda más que aceptarnos mutuamente. Sin embargo, le dije que recién me había aparecido un bulto creciente que podría ser líquido o masa, que por cierto no causaba dolor.

Me dijo que podría ser benigno, pero que no se podía descartar su malignidad. Que en sus manos estaba, sin pasar por jueces, enviarme de urgencia a la emergencia del San Juan de Dios y con un simple ultrasonido salir de dudas.

Veinte minutos después iba esposado, con un maletín, rumbo al San Juan de Dios en un pick-up destartalado, a alta velocidad, acompañado de cuatro guardias que eran mis responsables.

Ninguno había desayunado ni almorzado, y nuestra cena estaba en la cola de un venado. Todos íbamos con incertidumbre.

}Nos dejaron y se fueron volados. Entramos a la emergencia del San Juan y, luego de una pequeña cola, me registré por primera vez. Fui enviado unos 30 metros más adentro, a una clínica donde una doctora muy gentil y ágil, luego de muy pocas preguntas, con buen criterio decidía a qué especialidad médica enviar a cada paciente.

A unos dos escasos metros de la clínica de la doctora que dirigía el tráfico, al dar la vuelta, se entraba a un pasillo de unos cinco metros de ancho, unos 350 de largo y unos cuatro de alto. Representaba la primera tortuosa estación de espera y atención para los pacientes con emergencias. La demanda y la presión de atención eran exponenciales y la oferta médica muy limitada.

Sin embargo, los jóvenes médicos e internistas, con serenidad y aplomo, con paciencia pero con autoridad respetuosa, lentamente, pero con criterio, iban conduciendo a los pacientes con emergencias.

Contra una de las paredes del pasillo quizá había unos 60 enfermos renales recibiendo tratamiento.

En medio del pasillo se encontraban, en camas con llantas, recibiendo suero, analgésicos y antibióticos, alrededor de 40 pacientes con gravedades de todo tipo, algunas en extremo complejas y complicadas.

En la otra pared, parados y sentados, estábamos unos 300 pacientes con emergencias que aún podíamos caminar por nuestros propios medios. Sin embargo, prevalecía un clima de angustia, ansiedad y desesperación extrema. Sólo la serenidad y la sensación de control y seriedad de los médicos mantenían en relativa calma a los pacientes y a sus familiares.

En este pasillo fui abordado por personas amables, sensibles y generosas que acompañaban a sus parientes graves. Todas me dieron muestras de apoyo, solidaridad y cariño. Ninguna me dijo su nombre.

Un caso que recuerdo conmovido, es el de una persona que acompañaba a su mamá desde la mañana, quien había sufrido un ataque cardíaco, pero había salido adelante. Regresé a Mariscal Zavala conmovido y fortalecido por todas esas muestras de apoyo.

A medida que algunos pacientes, gracias a la atención de los médicos, salían del enorme pabellón, hacia las 4:30 p.m. me sentí abrumado, impotente y conmovido. No lo sé con exactitud, pero estimo que en el pabellón había 400 o 500 pacientes con emergencias muy graves, mientras llegaban más al corredor.

Quizá había otros pacientes con emergencias graves esperando turno para entrar al pabellón.

Muchos agonizaban, algunos morirían, mientras otros salían a recuperación. Por momentos parecía un infierno observar y escuchar tanto dolor. La afluencia incesante de pacientes con emergencias era un poderoso tsunami, una avalancha inconcebible que, sin embargo, era contenida por valientes médicos e internistas, con el conocimiento, el carácter, la disciplina y el indispensable apoyo de enfermeras y enfermeros muy experimentados y capaces, en un contexto de precariedad, personal insuficiente, penurias y extrema escasez.

Para mí, fue evidente que la salud jamás ha sido una prioridad del Estado. También concluí que nadie debería ser presidente, vicepresidente, ministro o alto funcionario, si no ha pasado por una emergencia como la del San Juan, y eso que existen peores.

En algún momento, la avalancha incontenible de pacientes y los pocos médicos y enfermeras, serenos y en guardia, me hicieron recordar a Leónidas y sus trescientos espartanos en las Termópilas, con el coraje, el carácter y las convicciones para detener a Jerjes y sus millones de persas.

 

En una pared del ancho del pabellón, quienes podíamos caminar o ir en silla de ruedas hacíamos cola, mientras a todos — unos 80 — nos canalizaban para, a través de suero, introducirnos antibióticos y analgésicos. Al terminar este proceso nos dejaban canalizados entre cuatro y seis horas, por si eventualmente había que medicarnos algo extra. No dejaba de dar “ñáñara” pasar con la aguja al aire mientras pasaban personas y, más de alguna, movía o empujaba la aguja que descansaba introducida en el antebrazo.

Finalmente, quizá diez horas después de que arribé a la emergencia del San Juan, llegó mi turno para el ultrasonido.

Un joven internista que estuvo pendiente de mí desde que llegué al pabellón me condujo, junto a mis guardias de élite y al guardia del sistema penitenciario.

Mientras me introdujo al cuarto del ultrasonido, sentó a los guardias afuera en una banca y cerró la puerta. Una internista dedicada al ultrasonido inició el escáner con gran rigor. Tuvo alguna inquietud y llamó a un compañero para escuchar su punto de vista. Insatisfechos, llamaron a otro médico y estuvieron los tres discutiendo. De pronto entró el médico especialista y aprovechó para darnos una clase magistral. A esas alturas había transcurrido una hora y media más.

Los guardias sentados afuera se paniquiaron y se plantaron dos hipótesis: que me había muerto o que había huido. Entonces, sin que se percataran los médicos imbuidos en su discusión, los guardias forzaron la puerta y también acompañaron mi examen.

Luego, me regresaron al gran pabellón, donde el doctor Jorge L. Enrique Álvarez me explicó que recibiría los informes de los exámenes de sangre, orina y del mentado ultrasonido. Pude observar cómo el doctor Álvarez, en medio de múltiples presiones y exigencias, con afecto, sensibilidad y comprensión, explicó a cuatro pacientes sus diagnósticos y el camino que debían seguir: hospitalización, transformarse en pacientes ambulatorios o ir a casa con un eficaz tratamiento.

me llamó, me invitó a sentarme, me explicó el origen de lo que me sucedía, insistió en que era benigno y me dio un tratamiento. Fresco como una lechuga, a pesar de su turno de más de doce horas y de que seguiría en la madrugada, se despidió sonriente y me deseó un feliz año.

Mientras salíamos al lobby de la entrada de la emergencia, no podía dejar de pensar cómo es posible que la salud de los guatemaltecos no sea una prioridad del Estado.

La salud de los guatemaltecos no ha sido prioridad en las últimas dos décadas del país. La corrupción rapaz de Portillo y su banda, del gobierno de Colom y “la tarántula”, de la administración Pérez y Baldetti, la de Jimmy, el hombre en la luna — que sí tenía los pies bien puestos en la tierra para robar — y la de Giammattei, significó que miles de millones de fondos públicos fueran saqueados. Si todo ese dinero se hubiera destinado a la salud pública, hoy se podrían haber construido diez hospitales como el San Juan de Dios para atender dignamente a los guatemaltecos.

Y hasta hoy en día tenemos el ejemplo de diputados que reciben salarios de primer mundo y seguros de salud para ser atendidos en los mejores hospitales del mundo, a costa de los chapines.

Los guardias avisaron que estábamos listos en la puerta de la emergencia para que llegaran por nosotros. Nos explicaron que estaban en una requisa en el Federico Mora y que tardarían.

Sorprendentemente, cuarenta minutos más tarde llegaron por nosotros y nos subimos eufóricos, luego de catorce horas, al doble cabina para regresar a Mariscal.

En la 1ª avenida y 9ª calle A bajamos a la 2ª avenida y, pocas cuadras después, muy cerca del Paraninfo, el “shock” de la llanta trasera derecha tronó a sapo, colapsó y la palangana se pegó a la llanta. Media hora después, en un pequeño carro japonés para cuatro personas, nos introdujimos siete personas felices, luego de tanto trajín. Sus cuatro “shocks” estaban en condiciones semejantes a las del “shock” que dejamos en espera de grúa en la 2ª avenida y 11 calle de la zona 1.

Camino a nuestro destino final en Mariscal, les dije a los muchachos que los hospitales son centros médicos para recuperar la salud, pero también lugares llenos de peligrosas enfermedades, virus y bacterias oportunistas, y que si en unos quince días no enfermábamos de nada, nuestra inmunidad sería envidiable.

Alrededor de las 3 a.m. del día siguiente entré feliz a mi bartolina y caí redondo después de quince horas de delirio.

José Rubén Zamora fundador de elPeriódico de Guatemala. Preso político del Estado de Guatemala, por 1 mil 300 días en la cárcel. Considerado entre los 60 héroes del mundo de la libertad de prensa.