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Vilma Matzir: Enseñar entre el miedo y la dignidad

Vilma Matzir: Enseñar entre el miedo y la dignidad

POR EMMA GÓMEZ

A continuación, la historia de Vilma Matzir, maestra maya kaqchikel de San Pedro Yepocapa, Chimaltenango, es un ejemplo valiente de cómo la dignidad y la justicia pueden convertirse en una fuerza de resistencia frente a un sistema lleno de prejuicios y desigualdades.

En Guatemala, el oficio de enseñar, aunque hermoso y fundamental para el desarrollo de la sociedad, puede estar acompañado de retos profundos que van más allá de preparar lecciones y calificar tareas. Para muchas personas que ejercen la docencia, especialmente mujeres y personas de comunidades indígenas, ejercer la profesión con respeto y dignidad no está garantizado.

Vilma ha dedicado más de 20 años de su vida a la educación primaria, enseñando y acompañando a niñas y niños en su crecimiento académico y personal. Su compromiso también ha estado orientado a la defensa de los derechos de la niñez, la adolescencia y las mujeres, y ha formado parte del sindicato magisterial en resistencia por más de una década.
Sin embargo, su vida profesional cambió radicalmente cuando una relación laboral que inicialmente fue respetuosa se convirtió en un patrón de control y violencia psicológica. El supervisor que había trabajado con ella y que llegó a ocupar un cargo de mayor autoridad comenzó a negarle permisos, a rechazar documentos y, con el tiempo, a humillarla y a menospreciar su trabajo.

Una escena que marcó esta transformación fue cuando ella solicitó permiso para participar en un conversatorio sobre el Día Internacional de la Mujer, y recibió como respuesta un rechazo acompañado de palabras que la minimizaron y la colocaron en una posición de desventaja. “No, usted no tiene permiso. Además, en estas actividades las mujeres solo pierden el tiempo. Por favor, retírese, que yo tengo mucho que hacer’”, recuerda Vilma.

Este tipo de experiencias que pueden parecer aisladas o personales son ejemplos de un problema mayor en las instituciones y en la sociedad: la discriminación, la misoginia y el machismo estructural que muchas veces invisibilizan la dignidad de las mujeres. Estas formas de violencia institucional no siempre se perciben de inmediato, pero tienen efectos profundos en la salud emocional, profesional y social de quienes las sufren.

El conflicto llegó a su punto más crítico cuando Vilma fue obligada a entregar su cargo como directora de la escuela bajo circunstancias irregulares. A pesar de no existir razones justificadas y de evidencias que demostraban lo contrario, se le exigió renunciar a su posición de liderazgo.

Frente a esta situación, ella decidió presentar una denuncia judicial por violencia psicológica, discriminación y hostigamiento, buscando que sus derechos fueran reconocidos ante la justicia.

Aunque obtuvo medidas de seguridad para protegerse del supervisor, estas no siempre fueron respetadas. En eventos públicos y actividades educativas, ella se encontró con su agresor en espacios que, por derecho, deberían haber estado protegidos. Estos hechos generaron miedo, angustia y un desgaste emocional que muchas personas que enfrentan situaciones similares pueden reconocer.

A pesar de los obstáculos, el sistema judicial reconoció al menos una violación a las medidas de seguridad, lo que llevó a una sentencia contra el agresor. La decisión incluyó multas y la obligación de ofrecer una disculpa pública en el parque central de Yepocapa.

Aunque para muchos este resultado puede parecer parcial o insuficiente, para Vilma significó un acto de justicia simbólica y una reafirmación de que enfrentar la violencia institucional es posible, aunque difícil. El caso aún sigue su curso, debido a que existen recursos de apelación a la sentencia.

El primer incidente ocurrió durante la ceremonia de colocación de la primera piedra de la nueva escuela.

Al ingresar, Vilma estaba sola hablando por teléfono, cuando ingresó el Supervisor y pasó demasiado cerca de ella teniendo más espacio aún, dirigiéndole miradas desafiantes e intimidantes. La situación la dejó paralizada de miedo; su hija, quien llegó después, la acompañó para asegurar su protección y apoyo. Aunque Vilma denunció el hecho, no le creyeron por falta de testigos.

El segundo hecho sucedió en una asamblea magisterial del municipio. El supervisor pasó cerca de Vilma y su hermana con una mirada sarcástica e intimidante. Esta vez, su hermana pudo testificar, y el hecho sí fue reconocido judicialmente, lo que contribuyó a su sentencia.

En el tercer incidente, durante un diplomado, el Señor X apareció inesperadamente mientras Vilma se dirigía al baño, generando una sensación de amenaza. Este hecho tampoco fue validado por la autoridad judicial.

El cuarto y último hecho ocurrió en la segunda sesión del diplomado. El supervisor, previo a que Vilma firmara la planilla de asistencia, tomó fotografías a las planillas de manera intimidante, intentando evidenciar supuestas irregularidades y generar miedo. Aunque la acción fue denunciada, no se consideró válida en el proceso judicial.

Una de las reflexiones más profundas que Vilma comparte es que “buscar justicia es sobrevivir dos veces”: primero se enfrenta la violencia, y después se enfrenta el proceso de denunciar, de convertir la vulnerabilidad en valentía y de desafiar un sistema que muchas veces protege más al agresor que a la víctima.

Hoy, más allá de su caso particular, la historia de Vilma es una invitación a las y los jóvenes, especialmente a quienes están en el nivel diversificado, a comprender la importancia de defender los derechos humanos, de cuestionar las estructuras que perpetúan desigualdades y de reconocer que hablar y actuar en favor de la dignidad no es sólo un derecho, sino un acto de valentía y responsabilidad social