El otro lado del viaje soñado; detrás de un espacio internacional
Por Adela Tuy
Cuando la gente escucha ‘Conferencias Internacionales’ piensa en edificios lujosos, gente hablando en inglés, muchas fotos formales y muchos discursos bonitos; también en lo elegante de participar en una conferencia y ponerlo en tu currículum vitae.
Sin embargo, nadie les cuenta sobre lo que hay detrás de una conferencia internacional, todas las barreras que parecen invisibles al ojo público como la exclusión sutil, la barrera del idioma y las luchas personales. Sobre todo lo que enfrenta la población indígena en estos espacios, especialmente mujeres indígenas.
19 años, con un equipaje en mano, muchas emociones; alegría, nostalgia y miedo, sin tener idea cómo funcionaban los aeropuertos, los vuelos y los aviones, ahí estaba yo, lista para viajar y participar en una conferencia internacional por primera vez en mi vida. Fue un sueño hecho realidad.
Soy una mujer indígena maya kaqchikel, comprometida con la educación, sostenibilidad, los derechos de las mujeres y la inclusión social. Crecí en un lugar pequeño, lejos de la ciudad, entre árboles, montañas y en una casa donde los rayos del sol te despiertan antes que los gallos por la mañana: Sololá. En una comunidad donde el machismo ha predominado desde hace años, la educación sigue siendo un privilegio lejos de ser un derecho, y la participación de las mujeres en tomas de decisión sigue siendo baja.
En 2024 fui afortunada de ser parte de La Beca Climática para Jóvenes Latinoamericanos (LAYCS) un proyecto exclusivo creado para jóvenes latinoamericanos de comunidades negras, indígenas y/o personas de color (BIPoC). Tuve la oportunidad de participar en la sesión número 61 de los órganos subsidiarios (SB61) en Bonn, Alemania y en la 29° Conferencia de las Partes (COP 29) en Bakú, Azerbaiyán.
Junto a un grupo de jóvenes salimos de nuestros países a participar y aprender en estos espacios. Durante estos viajes, me perdí varias veces entre los aeropuertos, las voces anunciando los próximos vuelos y la gente corriendo con maletas. ¿Dónde hay que ir? ¿Qué hay que decir?
Viajar sola significó un hito importante para mí porque ahí empezaron mis ganas de moverme, conocer nuevas cosas y buscar oportunidades.
Fui parte de la sociedad civil en las dos conferencias, la SB61 y la COP 29. Seguí temas en Adaptación Climática, uno de los temas más relevantes de un país como Guatemala. Yo no hablaba muy bien inglés y la primera impresión que tuve fue que no era un espacio para mí.
Había personas jóvenes que decían representar a los jóvenes de todo el mundo, pero no sentía que me representaban a mí, ni a mis compañeros y nuestras voces. Solo hablaban desde sus privilegios.
Tampoco se hablaba de cómo los países desarrollados explotan los recursos de los países vulnerables del sur global, los efectos y las consecuencias que están sufriendo con sus acciones.
Desafíos
Muchos hablaban de inclusión de una forma interesante, pero las preguntas no tardaron en rondar en mi cabeza ¿Cómo podemos hablar de inclusión si los espacios se sienten incompletos? No había interpretación en las sesiones, las negociaciones y conferencias, porque todo se desarrollaban en inglés y aunque nosotros teníamos la fortuna de tener interpretación, había personas que no.
La barrera del idioma era evidente y esto se volvía una limitación grande para quienes intentan acceder a estos espacios y ser parte de las decisiones. Escuchar tantos términos, el tecnicismo y no entenderlos, leer documentos, la mayoría son traducción para saber de qué están hablando, fue retador.
No fue fácil la adaptación en estos espacios para mí, pero mis amigos me ayudaron mucho en este camino. Pude hacer una pequeña intervención en una conferencia, me reté a hablar en inglés por primera vez en público y con mi traje de Sololá. Junto a mis compañeros manifestamos por qué nuestra voz importa en las decisiones y si estábamos ahí, era porque queremos que estos espacios sean más inclusivos.
Pasaban tantas cosas en mi cabeza, las personas que conocí me hicieron ver que aunque veníamos de diferentes países y culturas, hablamos un mismo idioma; el de la resistencia. Ver los trajes de otros, escucharlos hablar sus idiomas, fue increíble. Me sentí fuerte y me hizo ver que aunque fuimos colonizados hace muchos años, nunca fueron capaces de quitarnos nuestros idiomas, nuestras creencias y nuestra identidad.
Me sentí pequeña en el espacio grande. Hubo un momento en donde algunas personas querían tomarse fotos conmigo solo porque tenía mi traje de Sololá, no lo pedían, solo se acercaban y se paraban contigo para tomarse una foto. No eran amables, y se sintió incómodo como si yo fuera algo exótico en ese lugar, pero yo era una persona. No solo lo viví yo, varios de mis compañeros también lo vivieron.
Había mucha burocracia, algo que muchas veces no se ve desde afuera en los espacios internacionales. Sentía que habían personas de poder, con el simple hecho de hablar inglés, predominaban en los espacios, en las negociaciones.
El hecho de haber viajado por primera vez fuera del país en una conferencia internacional ha sido un privilegio total. Aprendí bastante sobre varios temas, a crear confianza en mí misma y ser resiliente en todos los procesos. Soy introvertida, pero la gente que conocí me hizo ver el poder de la red de apoyo. Creo firmemente que las cosas que se trabajan colectivamente llegan más lejos.
Después de vivir esta experiencia no regresé siendo la misma, cambió mi forma de ver la vida y lo que sucede a mi alrededor, en Guatemala y el mundo. Hoy más que nunca creo que el verdadero cambio inicia dentro de nosotros y que caminar de la mano de otros nos ayudan a visibilizar lo que está faltando en nuestros territorios.
Mucha gente dice que el haber participado en una conferencia internacional te da un “status” más alto o te convierte en una persona superior a los demás. Pero, yo sigo siendo la misma chica que vive en las montañas y va a la universidad. Alguien que aún sigue aprendiendo sobre el mundo y sus misterios, sobre comunicación y arte, sobre escritura y fotografía, cambio climático y la vida misma.
Yo no soy la primera mujer asistiendo en estos espacios, existieron varias antes de mí y precisamente por todas ellas es que yo pude ir. Nuestros ancestros nos llevan de la mano para que nosotras podamos abrir caminos para otras mujeres.
Espero que en un futuro, más jóvenes indígenas ocupen estos lugares, que no tengan miedo al hablar y decir lo que está sucediendo en sus territorios.
Adela Tuy es una mujer indígena Maya Kaqchikel, originaria de una comunidad en Sololá, Guatemala. Desde los 13 años, ha usado la escritura y el dibujo como herramientas de expresión y resistencia. Es autora del libro de poesía Keme. Actualmente estudia Ciencias de la Comunicación Social y busca continuar participando en espacios de liderazgo para amplificar las voces de las juventudes indígenas.






