La valentía de elegir nuestros sueños
Por Teresa Lucas
Hay términos en economía y finanzas que, aunque técnicos, encierran verdades profundamente humanas. Uno de ellos es el costo de oportunidad. Este concepto se refiere a todo aquello que dejamos de hacer, recibir o disfrutar cuando tomamos una decisión determinada. En otras palabras, cada vez que elegimos un camino, automáticamente renunciamos a otro. En mi caso, elegir seguir formándome profesionalmente en otro país fue una decisión de esas que te transforman la vida… pero también de esas que te exigen dejar mucho atrás.
Hoy vivo en Chía, Colombia. Estoy acá gracias a una beca que gané y que me permitió continuar mi formación como estratega de la comunicación. Podría decirse que fue una oportunidad dorada, y lo fue, salí seleccionada de entre más de 4 mil solicitudes; pero como todo en la vida, no vino sin sacrificios.
Salí de mi país, me alejé de mi familia, de mis amistades, de mi rutina, de una carrera profesional que iba en ascenso, dejé en pausa mi etapa de profesora universitaria, un ciclo que ha estado cargado de aprendizajes y momentos increíbles tanto dentro como fuera de las aulas.
Aunque la decisión estuvo guiada por la certeza de que este proceso académico me abriría nuevas puertas, no fue sencilla.
La vida adulta muchas veces se presenta como un balance constante. Ponemos en una balanza los deseos personales, las responsabilidades familiares, las metas profesionales y hasta los temores que nos acompañan. Lo curioso es que, como mujeres, solemos postergar nuestros sueños pensando en que no es el momento, que hay otras prioridades, o que ya es demasiado tarde. Pero ¿cuánto vale realmente un sueño?
Motivación
Desde la mirada financiera, aprendemos a evaluar proyectos en función de sus costos, beneficios, riesgos y retornos. Eso me ayudó también a entender que mi decisión de venirme a Colombia no era una locura emocional, sino una inversión estratégica. Cada renuncia, ya fuera una reunión familiar, un trabajo estable o una comodidad cotidiana, era parte del capital invertido. El retorno no se vería de inmediato, pero confiaba en que llegaría: en forma de crecimiento personal, de ampliación de mi red de contactos, de nuevas perspectivas profesionales, y de una versión más completa de mí misma.
La experiencia de estudiar en el extranjero ha sido enriquecedora y desafiante a la vez. A veces se romantiza la idea de emigrar por estudios, como si fuera solo una postal de logros y cafés con compañeros internacionales, pero hay días de soledad, de dudas, de nostalgia, de lucha interna entre lo que se dejó y lo que aún no se ha ganado. En esos momentos, el costo de oportunidad se siente con fuerza. Pero también en esos momentos uno puede preguntarse: ¿si no lo hubiera hecho? ¿Si no me hubiera atrevido? Esa respuesta pesa más.
He contado con algo fundamental en este camino: el apoyo de mi familia y de amigas que son como hermanas. Las llamo magia, no solo porque es un anagrama de amiga, sino porque eso han sido para mí: una chispa de luz en los días difíciles, una red de seguridad emocional y, en muchos casos, incluso un respaldo económico. Sí, también me han apalancado financieramente, porque cumplir sueños no siempre es autosostenible al principio. Eso no me hace menos capaz, sino más agradecida y consciente del poder de la sororidad.
Además, en medio de esta experiencia lejos de casa, estoy viviendo una etapa de duelo; he tenido que ser resiliente, reconstruirme desde el dolor y aprender que, muchas veces, un abrazo puede ser el último que das a una persona que amas.
Esa conciencia ha hecho que cada gesto de apoyo y cada palabra de aliento cobren un valor aún más profundo. Porque cuando el corazón está roto, la presencia de quienes creen en ti puede sostenerse incluso en la distancia.
A veces pensamos que debemos hacerlo todo solas, que pedir ayuda es una señal de debilidad, más yo aprendí que hay fuerza en reconocer que necesitamos de otros para alcanzar nuestras metas. Que cuando una mujer apoya a otra, ambas crecen, que nuestras redes, sean de sangre o elegidas, son un activo invaluable que debemos cuidar y agradecer.
Muchas veces, cumplir nuestros sueños implica alejarnos de casa. No solo en sentido geográfico, sino también emocional y mental: alejarnos de los miedos heredados, de las creencias limitantes, de los modelos impuestos y esa distancia duele. Pero también libera. Hoy entiendo que no hay un solo camino para el éxito, que la edad, el estado civil, o el lugar de origen no deben ser limitantes.
Hay quienes comienzan de nuevo a los 40, quienes cambian de carrera a los 50, quienes descubren su vocación al convertirse en madres, o quienes se reinventan después de una pérdida.
Cumplir sueños implica tomar decisiones valientes y toda decisión, como ya dije, tiene un costo de oportunidad. Pero también tiene un punto de equilibrio. En finanzas, ese es el momento en que los ingresos igualan a los costos, y todo lo que viene después son ganancias. En la vida, ese punto de equilibrio es el instante en que miras atrás y dices: valió la pena. Para mí, ese momento llega en cada clase donde aprendo algo nuevo, en cada conversación que amplía mi horizonte, en cada paso que me acerca a la profesional y mujer que quiero ser.
No quiero romantizar el sacrificio, no se trata de glorificar el sufrimiento ni de pensar que todo debe costar para tener valor, pero sí creo que todo lo que vale requiere compromiso, constancia y visión a largo plazo. El proceso de construir nuestros sueños, aunque complejo, es profundamente transformador.
Estas líneas no son sólo una reflexión personal, es una carta abierta a todas esas mujeres que sienten el deseo de avanzar, estudiar, emprender y crecer pero que tienen miedo. Miedo a fracasar, a no ser suficiente, a no tener el dinero, a ya no estar en edad.
Quiero decirles algo con total honestidad: el miedo no desaparece, pero se vuelve más pequeño cuando nos movemos a pesar de él. No se necesita tener todo resuelto para comenzar. Solo se necesita dar el primer paso.
Si estás dudando en tomar una decisión importante, haz el ejercicio de calcular tus propios costos de oportunidad. Pregúntate: ¿qué estoy dejando de ganar por no tomar este camino? ¿Qué posibilidades me estoy negando por quedarme en lo conocido? ¿Qué versión de mí está esperando al otro lado del miedo? Evalúa tus recursos, tus redes, tus tiempos y, sobre todo, evalúate desde la generosidad, no desde la culpa.
Hoy, desde esta ciudad que me ha acogido con generosidad y que también me ha retado, puedo decir que el camino ha valido la pena, que los sacrificios han tenido sentido y que los sueños, cuando se alimentan con acciones, no solo se cumplen: se transforman en nuevas metas. Lo más poderoso que he descubierto es que nunca es tarde para empezar, para cambiar, para apostarle a una vida que nos inspire.
Los costos de oportunidad existen, sí. Pero también existen los beneficios de ser valiente y eso, al final, es la mejor inversión que podemos hacer por nosotras mismas. Somos, como dice Piedad Bonnett: una mujer escindida.
María Teresa Lucas García. Comunicadora Social. Magíster en Talento Humano y Finanzas. Profesional con experiencia en docencia universitaria, asesoría en comunicación para el sector público y privado, y gestión de recursos humanos. Proyectos actuales; desarrollo de tesis sobre Comunicación Estratégica y Diplomacia Cultural en la Embajada de Colombia en Costa Rica.




