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La silla de Atanasio Tzul

POR CARLOS FREDY OCHOA

En la actualidad, los pueblos originarios mantienen una lucha y resistencia para mantener su cultura, patrimonio e ideologías.

En este relato contamos quiénes lideraron esa revolución un año antes de la independencia de Guatemala. Acá recordamos cómo los pueblos originarios han demostrado su fuerza y resistencia para mantenerse y defenderse. Los despojos han sido materiales, ideológicos y culturales, y esto nos lleva a una disputa por la custodia del patrimonio cultural de Totonicapán. Un ejemplo de cómo ciertos artefactos pueden pasar a ser sacralizados por el pueblo; es la silla de Atanasio Tzul, quien provenía del cantón Paquí de Totonicapán.
Tzul y Felipa Toc, su esposa, lideraron un levantamiento indígena en 1820, el más grande en Centroamérica contra el dominio colonial de España.

Tzul fue la última persona admitida, con cien años de tardanza, dentro de una lista de 20 individuos, todos criollos, que se consideran “héroes de la independencia” (prócer), para desvincularlo así de una rebelión indígena con raíces diferentes.

Hace más de 200 años se gestó la organización comunal en el departamento de Totonicapán. Ahora son conocidos como Los 48 Cantones de Totonicapán quienes han logrado manifestaciones masivas como medida de exigencias ante el Estado. Entre sus logros más recientes destaca la movilización masiva que se inició el 2 de octubre para exigir la renuncia de los corruptos del país.

Valor histórico

La silla de Atanasio Tzul fue parte de una exposición permanente conmemorativa de la independencia en el Museo Nacional de Historia de Guatemala, hasta el 12 de julio de 2022. Todavía no existe una versión real de cómo llegó este artefacto allí. Como pieza de museo, la silla estuvo íntimamente relacionada con la narrativa de la independencia del país en 1821 y, por lo tanto, con el nacimiento de la nación hispanoamericana (criolla) de Guatemala.

La silla fue devuelta a los 48 cantones en 2021 después de una larga disputa entre los líderes de los 48 Cantones y el gobierno de Guatemala, lucha que se intensificó a medida que se acercaba la conmemoración del bicentenario del levantamiento (1820) que corre casi paralelo con el bicentenario de la independencia del país (1821).

La recuperación de la silla fue un evento sin precedentes para los pueblos indígenas de Guatemala. Al devolver la silla de Tzul a Totonicapán, su ciudad de origen, el Museo Nacional renunció a la posesión de uno de los pocos objetos del siglo XIX de origen indígena en su colección, si no el único.

El presidente Alejandro Giammattei, intervino repentinamente y consintió en el traslado del artefacto en medio de una recurrente crisis de su régimen y en un intento de ganar puntos políticos del pueblo.

Los 48 Cantones habían exigido la devolución de la silla de Tzul desde el 2016, pero el Ministerio de Cultura se negó repetidamente, argumentando que existía poca capacidad local para exhibir y proteger tal objeto. Esta disputa persistente dio lugar a un renovado debate sobre las relaciones entre el Estado y los pueblos indígenas.

El retorno de las almas

Una de las mejores acciones que propició una justificación para la devolución fue un performance, llamado el Retorno de las Almas, por el pintor maya tz’utujil Benvenuto Chavajay. Se tatuó la silla en su espalda, afirmando que los pueblos indígenas deben y pueden proteger su patrimonio cultural y reclamar su devolución de los grandes museos. También circuló el argumento que el patrimonio cultural simboliza la larga lucha de los cantones contra el despojo de sus recursos.

En el edificio de los Alguaciles de los 48 Cantones la silla se exhibe hoy a la par de la imagen de San Miguel Arcángel, el santo patrono, ambos están a la par de un cofre que se guarda celosamente también en esa sala, que contiene unos antiguos manuscritos que cuentan la historia de las tierras y de los antiguos linajes de Totonicapán. En esta gran sala también se encuentran otras 50 sillas que representan a los diversos cantones, y que ocupan sus alcaldes cada vez que se reúnen. En cada silla está escrito el nombre de la comunidad a la que pertenecen y su colocación sigue un orden riguroso.

Cabe señalar que la silla fue reclamada no para ser un objeto de museo inerte, sino para ser un ícono de lucha, formalmente puesto bajo la custodia de los Alguaciles de los 48 cantones. El edificio no es un museo, sino un gran salón de actos en San Miguel Totonicapán donde regularmente se llevan a cabo debates públicos y reuniones comunitarias. La silla pasó así a formar parte del sistema institucional k’iche’ local y ser regulada por un reglamento común. De esta manera adquirió el estatus de reliquia k’iche’, pertenece al espacio-tiempo sagrado que se refiere tanto al pasado como al futuro, a un pacto eterno recordado y recreado cíclicamente para fortalecer la unidad del pueblo.

Carlos Fredy Ochoa García. Internacionalista y antropólogo, investigador del Instituto de Investigaciones Políticas y Sociales de la Escuela de Ciencia Política de la USAC.