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Una nutria es víctima de la falta de educación y la «cultura» violenta en Guatemala

Por: Diana Pastor

Este es un artículo de opinión

La primera vez que pude ver una nutria, fue hace casi 5 años, en la costa de la Bahía de Monterey en California. Esa graciosa criatura, que nadaba en el mar y sobre su espalda, se asemejaba un pequeño perro amante de las piruetas. Ese recuerdo ha permanecido en mi memoria muchos años, no sólo por ser una aficionada al avistamiento de animales en su hábitat natural, sino porque también, me pareció formidable lo mucho que a la ciudad le importaba su fauna y su flora. Pensé en cuánto se habría invertido (no sólo en recursos monetarios) para educar a la gente y lograr que llegaran a cuidarla tanto. ¡Cuán lejos estaba Guatemala de ser algo como eso! -pensé.

Hace algunas horas, me consternó la noticia de una nutria que fue torturada y luego quemada en una aldea del municipio de San Martín Zapotitlán en el departamento de Retalhuleu. Utilizo el verbo asesinar en lugar de «matar» porque como mencionaba el periodista Alex Grijelmo en un artículo en el Diario El País: «…en definitiva, el verbo ‘asesinar’ y el sustantivo ‘asesinos’ personifican a las víctimas animales, nos las acercan psicológicamente al presentarlas como seres vivos igual que nosotros. El Código Penal de nuestro país no avalaría que yo utilizara este término, pero matar a un ser vivo, como se hizo en este caso, para mí es aplicable a un asesinato.

Aún se desconocen las causas de por qué esta comunidad reaccionó de una forma tan violenta y tan cruel con la nutria, (quien seguramente andaba perdida), pero éste no es el primer caso, ni será el único -desafortunadamente- en que un animal paga las consecuencias de la ignorancia y situación de violencia que impera en Guatemala. En primer lugar, es un hecho que la educación en el país es mala, deficiente y vergonzosa, no sólo en las escuelas, institutos y universidades, sino en lo que debería ser la base de nuestra educación: las familias. El caso de esta nutria, es casi igual a lo ocurrido en enero de 2017, donde pobladores de San Rafael Pacayá II de Coatepeque, le quitaron la vida a un micoleón creyendo que se trataba del «cadejo».

Cuando me enteré en las noticias de lo que estas personas habían hecho en San Rafael Pacayá II, y las razones por las cuales argumentaban haber actuado así, reaccioné sorprendida e incluso incrédula de tal excusa, pero meses más tarde y por casualidad, realicé una visita a esta comunidad por cuestiones de trabajo. Allí, escuché la versión de algunas personas que conocían al hombre que había iniciado la golpiza al micoleón, y que viajaban conmigo en el mismo vehículo. Ellos decían: «En verdad,  Miguel* pensó que se trataba del cadejo, ese ser mitológico que pertenece al mal. Por eso lo mato, él nos lo juró, y cuando la policía fue a buscarlo, él estaba muy asustado, pero aseveró que lo había hecho porque creyó que se trataba de un animal sobrenatural.

Mis pensamientos, luego de conocer la historia desde la fuente primaria, fueron aún mas frustrantes. ¿Cómo culpar (al menos en su totalidad) a ese grupo de pobladores, residentes de una aldea golpeada por la falta de servicios, no sólo educativos, sino de energía eléctrica y agua potable. ¿Cómo se le puede pedir a la gente que deje de creer en historias, que, ya sea por falta de educación o incluso a veces, de la misma religión, justifican el daño a seres vivos e indefensos. ¿Cómo, por dónde es el camino? ¿Es que la educación para Guatemala está en una encrucijada? me preguntaba.

Me duele tanto pensar que existe tan poca voluntad para cambiar esta situación. Pienso en la gran oportunidad que tuve de estudiar y vivir en California, lo que no sólo amplió mi conocimiento sobre la fauna marina, sino abrió mi mente de muchas otras formas más. Me duele que, (como decía Glenda Xulú, en un artículo escrito para esta revista): «la educación esté diseñada para mantener a la sociedad pobre, miedosa e ignorante de sus derechos y la realidad de su país». Y lo que más me duele, es que sistema educativo disfuncional, traiga como consecuencia que los guatemaltecos ignoren e irrespeten los derechos de los demás, sobre todo de aquellos y todo aquello que no puede defenderse, como los niños, los animales y la naturaleza en general.

Vuelvo a aquel día en que escuché la historia de Miguel*. Por la noche, antes de dormir, pensé que además de la falta de educación, el otro gran y grave problema causante de este tipo de actos es el alto grado de violencia al que han llegado los guatemaltecos como un mecanismo de defensa para sobrevivir. Los pobladores de San José Pacayá, aseguraban que días antes de atrapar al micoleón, habían aparecido perros muertos y gallinas en algunos lugares de la comunidad. Estaban asustados, no sabían que hacer.  Y también estaban desesperados, porque siendo una aldea lejana y olvidada, no sabían quién los podría ayudar. La ignorancia, es un arma peligrosa, que cuando se combina con el miedo, frecuentemente desencadena en actos violentos, y quienes los realizan no miden las consecuencias de lo que pueden provocar.

Pienso de nuevo en la nutria, y aunque parezca ridículo, antes de dormir, le pediré perdón a ella, a la tierra, a la naturaleza y a la gente inocente, por dejar que mueran así. Le pediré perdón a la vida, en nombre de quienes le hacen daño y por permitir que podamos seguir viviendo así. Mañana será otro día, y espero seguir con la esperanza de que mi país se indigne menos por lo que pasa con una bandera (aunque respeto el malestar de la gente) y que se preocupe más por la violencia hacia los humanos y los seres vivos, siquiera en nuestro país. Seguiré con la esperanza, de que en el futuro no tengamos gobernantes que desplifarren millones en aviones de guerra, mientras la naturaleza queda olvidada, sin pedir ayuda porque no tiene voz para hacerlo.

*Miguel es un nombre ficticio del poblador de San José Pacayá.

Foto de portada: Flickr de Ignacio Ferre